Capítulo 5

- Hola, Alicia -

Lo miró. Estaba pasmada, no creía que él se pudiera interesar en ella, pero se lo estaba demostrando, quería interactuar... Ambos escogieron la ocasión perfecta, para empezar la aventura, asegurándose de que todos en casa pensaran que era una coincidencia. Era domingo, mamá y papá salieron y se llevaron a pasear a Marte; y Santiago estaba estudiando con David. Alicia estaba en el jardín del patio trasero que quedaba muy cerca de su habitación. En el jardín habían sembrado rosas, trabajo difícil, porque tenían de muchos colores, pero era algo de lo que todos en casa se enorgullecían. En el jardín había una pequeña repisa de madera hacia uno de los laterales con materas de otro tipo de plantas y la mitad de piso que daba con la pared estaba sembrada con pasto, la otra mitad, cemento, sin baldosas, muy humilde, pero con una sensación de completa tranquilidad.

María la novia de Santiago llegó sin aviso, entonces la pareja se sentó en los muebles azules de la casa para hablar. Y David se sintió solo. Entonces pensó que era una muy buena idea aprovechar esa ocasión para hablarle a Alicia. Por eso lo prepararon juntos, ella se hubiera podido ir desde antes, si hubiera salido con sus padres, nada hubiera pasado, si se hubiera encerrado en su habitación como también acostumbraba a hacer, todo esto sería en vano; pero el amor siempre tiene otra historia; y quiere tejer sus hilos en peligrosos abismos, y la niña estaba en el patio y David cruzó la puerta hacia él.

En las circunstancias en que se analiza, no había nada peligroso, sólo iban a hablar, Santiago estaría a unos tres metros, no estaba mal. En otras circunstancias no siempre es tan peligroso las circunstancias como el hecho de armar una conversación y empezarse a conocer con alguien, el mismo hecho de hablar mirando directamente a lo que han llamado las ventanas del alma y empezar a apreciar al otro. Y allí pueden pasar dos cosas empezar a hacerse lo que no se es o empezar a descubrirse con alguien más. Muchos que se hacen lo que no son, se enamoran, los que se muestran como tal, no se aman, ni se quieren, entonces se “amoran”, pero ese término es mejor definirlo con Alicia y David.

- ¿Puedo ayudarte con algo? –
- ¿Ayudarme?, no, no necesito ayuda – pensando ella que David se refería a algún oficio.
- Cierra los ojos –
- ¿Qué?- sonrió
- Ciérralos – era una orden, una orden de hombre.
Despaciosamente Alicia fue divisando la oscuridad, despacio, porque tenía miedo de lo que pudiese suceder cerrando sus ojos.

Inesperadamente David con la mayor delicadeza, tomó sus manos, rozó las palmas, suavemente y dejó caminar los diez dedos de las dos manos, por los diez dedos de las manos de Alicia, quien sintió deseos de hacer lo mismo, pero algo en sí pensó que estaba mal; y enérgicamente retiró las manos.

- ¿Qué haces?- Refunfuñó
- Perdona, no quería asustarte -
- ¿A qué me querías ayudar?-
- A descubrirte, quiero que sepas lo maravillosa que tú eres, lo maravillosos que somos -
- Hay muchas otras maneras –
- Quizá, no conozco otras, ¿tu sí? –
- Tengo una forma de admirar la belleza humana –
- Suena muy interesante –
- Ven –

Alicia empezó a subir unos peldaños detrás del jardín que daban a la azotea. Era simplemente un atajo, pero era muy pequeño, por eso casi nadie subía por ahí. Al llegar arriba, ella se acercó al muro, buscando algo con la mirada. Lo importante no era lo que había en la azotea, sino lo que desde allí se veía.

- Mírame el rostro – Incursionó con melodiosa voz. Veía en David una aptitud de decepción, por lo que había pasado en el jardín.
- Es muy bonito – se sonrojaba David
- ¿Cuántas arrugas tengo? –
- No, no tienes –
- ¿Ves aquella señora?, la que se encuentra tejiendo en esa silla, dos casas hacia allí.

Ella señalaba con el dedo a Doña Rita, una viejita, que se sentaba a tejer y que aunque ya entrada en edad, unos setenta años aproximadamente, llevaba con toda autonomía su vida. Tenía bastantes arrugas, como las de las viejitas y notó sabiamente que la chica hablaba de ella a un quizá amigo o novio. Por eso mantuvo la actitud de una modelo de pintor…

- La veo… y ella tiene muchas más arrugas que tú -
- Y mucha más edad. Pero ella soy yo, hace varias décadas. Lo que quiero que me entiendas es que, no hay mejor manera de admirarme, que admirando a quienes nos han dejado su vida de ventaja. Por eso no hay mucho sentido en utilizar el tacto al principio. Bueno no se si me hago entender, sólo concéntrate en mí pero por dentro. A mí me puede agradar mucho lo que tengas por fuera, pero de pronto no me agrade lo que eres -
- Entiendo, es algo muy difícil –
- Ni yo lo he logrado!!!, no te ofendas por favor por lo que acabo de hacer –
- Sí, me siento ofendido –
- Bueno que me seas sincero es algo que aprecio –
- Pero me has enseñado algo muy importante –
- Y tú eres muy tolerante, y muy especial, el haberme escuchado, es una cosa que pocas personas han captado en mí –
- ¿Tienes amigas?
- Sí las tengo, pero presiento que ellas no me consideran la suya, yo soy tan diferente, que puedo no llegarles a corresponder en todas las ocasiones –
- Entiendo. Déjame probar si aprendí –
- Está bien. –
- Cierra los ojos –
- Alicia no dijo nada esta vez y los cerró de inmediato –
- ¡No los abras! –
- No –
- Abre las manos –

Con duda, Alicia abrió sus manos.
David buscó entre sus bolsillos su billetera; y dio gracias a Dios por que nunca había botado ese papel, era lo mejor que podía darle ahora a la princesa.
- ¡No los abras! –
Dejó el papel entre sus manos y bajó corriendo. Sin mucho que decir se despidió de Santiago y de María, recogió los libros y se fue.
Mientras tanto Alicia abrió el papel y leyó…

“Eres la persona a la que siempre esperé entregarle esto, eres fuente de inspiración.”